El truco que nunca enseño a mis alumnos
Tengo una escuela pequeña en las afueras de Toledo. Cada otoño recibo a seis alumnos nuevos, ni uno más, y durante nueve meses les enseño todo lo que sé. Todo, menos un truco. Hay un número en mi repertorio que nunca he enseñado a nadie, y hoy voy a explicaros por qué.
La carta que no existe
Lo llamo "La carta que no existe". Es sencillo en apariencia: el espectador piensa en una carta, yo le pido que la describa en voz alta, y entonces le demuestro, sin tocar la baraja, que esa carta no está en el mazo. Nunca lo estuvo. Y, sin embargo, hace tres minutos él la ha visto entre las demás.
No voy a explicaros cómo se hace. Pero sí por qué no lo enseño.
El precio de ciertos secretos
Hay trucos que funcionan porque son técnicamente brillantes. Hay otros que funcionan porque tocan algo más profundo en el espectador, algo que tiene que ver con la memoria, con la confianza en los propios sentidos, con la sensación de estar perdiendo pie sobre la realidad. Este truco pertenece al segundo grupo.
He visto a personas llorar después de presenciarlo. He visto a un hombre adulto pedirme, casi suplicar, que le dijera que era mentira. Una vez una mujer me detuvo en la calle, tres años después de haberla visto, para confesarme que seguía pensando en esa carta cada noche antes de dormir.
Un truco que deja huella así no es un juguete. Es una responsabilidad.
Lo que sí enseño
A mis alumnos les enseño técnica, presencia, tempo, lectura del público, fallos elegantes, gestión del silencio. Les enseño a leer una sala en treinta segundos y a improvisar cuando el truco no sale. Les enseño que el mejor mago no es el más hábil, sino el más generoso con la atención del espectador.
Pero "La carta que no existe" se queda conmigo. No por egoísmo, sino porque todavía no he conocido a nadie a quien confiarle un truco que, mal usado, puede hacer daño.
Quizá algún día. Quizá nunca.
Una invitación
Si queréis verlo en persona, lo incluyo solo en mis funciones privadas, las que hago para grupos pequeños en mi casa de Toledo los últimos sábados de cada mes. Doce sillas, una mesa, sin micrófonos. Si os interesa, escribidme.
Os aviso de una cosa, eso sí: hay quien sale de mi salón sin querer hablar durante el camino de vuelta. No digáis que no os avisé.
Christian Magritte Mago, mentalista y eterno aprendiz
